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No creo en el infinito. Sí en la inmensidad. Antes, el mar parecía infinito, pero ya no. En cambio, sigue siendo inmenso. Todo termina en algún punto, hasta las cosas que se transforman, antes fueron otras que acabaron. El infinito es la esperanza. Un símbolo al que agarrarse cuando se desea eternizar el presente por miedo a un todo o nada futuro. Siento un dolor infinito. Pero no, es inmenso. La posibilidad de que aumente, lo congela en infinito unos instantes. El infinito es un comodín. Redondo, claro, como todo. A veces echo mano del comodín del infinito aun no siendo demasiado lista, pero tampoco tan tonta como para creer en dios. Cuando la ciencia encuentre la cola o la cabeza de las últimas inmensidades sin medir, dios dejará de ser un superhéroe y será tan solo una marca con fieles consumidores. Tengo una paciencia infinita. No es verdad. La paciencia inmensa se disfraza de infinita para camuflar la dificultad de decir basta. Basta. Y ya puedo medirla. "Te quiero hasta el infinito y más allá", lo dicen mucho los niños, pero dejarán de decirlo cuando hayan explorado lo suficiente. Siento un amor inmenso y a pesar de su grandeza, cabe en una minúscula gota de basta. Y aunque llueve a mares, no será suficiente. Hace un inmenso calor.

HORMIGAS



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A los doce años, viví durante algún tiempo en un chalet sin terminar. Detrás de un muro, habían abandonado un montículo de arena de esa que se usa para mezclar con cemento. La intemperie endureció la capa superior, haciendo de ella un crocante de tierra y piedras diminutas, muy agradable de pisar.

Cientos de hormigas desfilaban. Aunque ya había vivido en el campo y los bichos no me impresionaban, aquel trasiego de antenas en formación, no era normal. Curiosa y solitaria -pena de criatura- , quise saber, ahondar en ese agujero que tragaba y escupía hormigas sin parar. Comencé, con un palo y muchísimo cuidado, a levantar trocitos de suelo. Enseguida supe que aquello en lo que me adentraba era mucho más y busqué herramientas mejores, para evitar desprendimientos que seguro destruirían todos esos huecos, habitáculos y pasillos. Pero a pesar del sigilo y las precauciones, las hormigas enloquecían y huían desordenadas, perdiendo el invento toda la gracia. Pasado un buen rato, volvían. Tuve que adaptarme y cambiar la estrategia si quería ver cómo construían su vida y claro que quería, habiendo además llegado ya a los huevos y las larvas. Qué lugar tan asquerosamente fascinante.

Sustituí el cielo abierto por un panel y sobre este, un plástico, para protegerlo de las incremencias del tiempo y de mis hermanos. Así, subía al montículo, levantaba despacio el techo artificial, las observaba largo tiempo y cuando me cansaba de tanto orden y tranquilidad, interactuaba un poco con ellas con un palito fino o unas migas de pan, volvía a cubrir el hormiguero y me iba, hasta el dia siguiente. Luego me picó una abeja reina en la mano, dolía, se me hinchó, me pusieron barro, tuve fiebre, abandoné el hormiguero.

Se me ocurre que quizá Iluminada, la hormiga que veía a la Virgen a través de sus gafas mágicas, nació en aquel montón de arena, muchos años antes de lo que yo creía. O que los niños de aquel sueño con lobos feroces, desafiaban al miedo para ir a jugar con la arena porque conocían el secreto que yo había olvidado. La humanidad entera actúa de forma muy parecida a aquellas hormigas desquiciadas y anuladas ante semejante violación. Volvería a hacerlo? No. Pero porque ya lo hice antes. Me aburriría. Qué poco he cambiado. Soy un círculo. Tú también. Y el amor, que se me está haciendo bola.


Un dibujo.
No.
Porque no.
Que no.
Porque es un secreto.
A nadie, a ti tampoco.
Sí te quiero mucho, lloras de mentira.
No lo he terminado.
A ver el tuyo.
No tienes ninguno.
Pues enséñamelo.
No tienes.
No.
Porque es un secreto, mamá.
No puedes decírselo a nadie.
Dí "lo prometo".
Has cruzado los dedos.
A ver.
Al conejo, tampoco.
Ni al perrito.
A nadie.
Vale.