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No creo en el infinito. Sí en la inmensidad. Antes, el mar parecía infinito, pero ya no. En cambio, sigue siendo inmenso. Todo termina en algún punto, hasta las cosas que se transforman, antes fueron otras que acabaron. El infinito es la esperanza. Un símbolo al que agarrarse cuando se desea eternizar el presente por miedo a un todo o nada futuro. Siento un dolor infinito. Pero no, es inmenso. La posibilidad de que aumente, lo congela en infinito unos instantes. El infinito es un comodín. Redondo, claro, como todo. A veces echo mano del comodín del infinito aun no siendo demasiado lista, pero tampoco tan tonta como para creer en dios. Cuando la ciencia encuentre la cola o la cabeza de las últimas inmensidades sin medir, dios dejará de ser un superhéroe y será tan solo una marca con fieles consumidores. Tengo una paciencia infinita. No es verdad. La paciencia inmensa se disfraza de infinita para camuflar la dificultad de decir basta. Basta. Y ya puedo medirla. "Te quiero hasta el infinito y más allá", lo dicen mucho los niños, pero dejarán de decirlo cuando hayan explorado lo suficiente. Siento un amor inmenso y a pesar de su grandeza, cabe en una minúscula gota de basta. Y aunque llueve a mares, no será suficiente. Hace un inmenso calor.